El surrealismo reivindica para la vida despierta una libertad parecida a la que tenemos en los sueño:Luís Buñuel
Chircales (Marta Rodríguez y Jorge Silva)
Agosto 17 de 2004
Hugo Chaparro Valderrama
En la época las circunstancias de producción en Colombia retaban el ingenio de aquellos que soñaban con ver sus ilusiones hechas realidad.
Y el reto en el que se comprometieron Marta Rodríguez y Jorge Silva obedeció a la actitud cinematográfica y política que guiara a su generación: Camilo Torres fundaba en 1959 el primer departamento de sociología en Colombia; la academia salió de la universidad, trasladándose por obra y gracia de Torres al barrio Tunjuelito, en el sur de Bogotá, donde el viejo monstruo de dos cabezas, la teoría y la práctica, tendrían un terreno propicio para solucionar sus dilemas; la publicación de otro clásico colombiano, La violencia en Colombia, demostró en 1962 que sus autores --Germán Guzmán, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna (ver Credencial Historia Nº 110, febrero 1999, p. 12)-- abordaban científicamente el fenómeno de la violencia tratando de explicar así la pesadilla del miedo, la muerte y la política en un país abandonado por uno de sus emblemas queridos, el Sagrado Corazón de Jesús.
"Chircales es un clásico y un clásico no se hace sino una vez en la vida". La afirmación de la documentalista Marta Rodríguez fue una realidad en las pantallas y en los festivales del mundo desde que estrenara su primera película, realizada entre 1965 y 1972 con su compañero de toda la vida, Jorge Silva.
Marta Rodríguez buscaba su lugar en el mundo recurriendo a la antropología, la sociología y el cine. Luego de estudiar en París en el Museo del Hombre, escuchando a su maestro admirado, el doumentalista francés Jean Rouch, que les aconsejaba a sus alumnos del Tercer Mundo conocer en su totalidad la técnica cinematográfica para rebasar las dificultades y la pobreza cinematográfica de países como el nuestro, la primera opción fue registrar la vida de una familia en el mundo de los chircales cercanos a Tunjuelito.
Cinco años de investigación y rodaje en los que Marta y Jorge descubrieron a sus personajes en su brutal cotidianidad, en la condición infrahumana que los sumerge en el barro, en los sueños y en las fantasías que sirven de escape a una realidad asfixiante, sin olvidar lo que otro documentalista, Robert Flaherty, consideraba que debía mostrar una película: la dignidad del ser humano. Aunque en Chircales esto sea casi un sueño por el sometimiento que condena a la familia de alfareros, la mirada de Marta y Jorge lo sugiere a través de imágenes que describen, con dignidad compasiva, el ámbito en el que viven y sobreviven mientras la enfermedad y la muerte los ronda.
Un trabajo de paciente resistencia que les permitió acercarse respetuosamente a la intimidad de la familia, incluso mucho antes de mostrar siquiera un equipo y una tecnología extraños al mundo claustrofóbico y medieval que encontraron en los chircales; mientras que los niños le decían a la grabadora la máquina que habla, a Jorge Silva las mujeres del lugar lo vieron en un principio con suspicacia pensando que las fotografías que él tomaba eran giradas después para ver lo que esas mismas mujeres tenían debajo de las faldas.
Luego de una primera versión que duraba cerca de hora y media, los cuarenta y dos minutos a los que se redujo Chircales permiten un viaje al trabajo, a la religión, a la política, a la vida sexual, al caracter espectral de las vidas que consume el barro, utilizando un método de realización sin precedentes que asombró al público de los años setenta y que ha hecho de esta película un testimonio imperturbable de audacia cinematográfica. Los aspectos visuales de Chircales, las proezas de la banda sonora --que Marta y Jorge pegaron con cinta y cuidado artesanal al celuloide--, el tono fantástico del ritual que logra distraer la cotidianidad del trabajo cuando una muchacha hace la primera comunión y se pasea como una visión de otro mundo por el paisaje de los chircales luciendo su traje blanco; las imágenes que desconciertan de los niños que cargan ladrillos sobre su espalda, doblegando su vigor infantil, demuestra lo que años más tarde Jorge Silva le escribiera a Marta Rodríguez, cuando ya los tiempos eran otros y el mundo requería de otras formas de aproximación: "Marta, el discurso político se acabó, hay que buscar la poesía".
Marta Rodriguez en Docupolis,Barcelona
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Mujeres contra la militarización en Colombia

Esta es una pequeña muestra de unas entrevistas realizadas durante el Encuentro de Mujeres y los pueblos contra la militarización (agosto 2010).
Cuatro voces explicando cada una a su manera como se vive la militarización desde su condición de mujer en Colombia y como plantear una resistencia y un caminar conjunto.
Hablan: compañera feminista y sociologa de Bogotá, Floresmilda - mujeres de la Asociación de Cabildos Indigenas del Norte del Cauca (ACIN), Rocio Claros - asamblea de mujeres por la paz, mujer de Barrancabermeja- Organización Femenina Popular
Para escuchar las entrevistas completas sintonicen el próximo jueves a las 19h:
La Trocha imaginaria, Radio Contrabanda 91.4 FM de Barcelona
o http://latrochaimaginaria.blogspot.com/
El Salvador, 30 años de penosa impunidad
Los crímenes de los Escuadrones de la Muerte y asesinatos como el de monseñor Romero quedaron sin castigo tras la amnistía general promulgada por el presidente Alfredo Cristiani en marzo de 1993
PRUDENCIO GARCÍA* 27/08/2010
La avalancha de acontecimientos tanto internacionales como domésticos que acaparan nuestra atención -empezando por ese monstruo denominado "la crisis" y siguiendo con la incidencia de flagrantes casos judiciales hasta la espléndida irrupción de triunfos deportivos de destacado relieve mundial-, nos hacen olvidar muy fácilmente acontecimientos y conmemoraciones cuyo peso moral y social merece un obligado recuerdo.
Así, no resulta extraño que pasara inadvertida en su momento una importante conmemoración: el 30º aniversario del vil asesinato de monseñor Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, máxima autoridad de la Iglesia católica en aquel país y prominente figura del catolicismo comprometido con las clases más humildes de América Latina. Posición extremadamente arriesgada en aquellos años de plomo, en que los grandes asesinos, secuestradores y torturadores latinoamericanos circulaban libremente y hacían de las suyas con la más repugnante impunidad.
En efecto, el 24 de marzo de 1980, en plena celebración de la misa que oficiaba en la pequeña capilla del hospital de la Divina Providencia, la muerte alcanzó a monseñor Romero de forma no precisamente inesperada, pues poco antes manifestó que se sabía mortalmente amenazado.
La escena real fue absolutamente gansteril, digna de la más depurada cultura mafiosa. Un coche se detuvo silenciosamente frente a la puerta abierta de la capilla. Desde la ventana trasera del vehículo, un individuo, armado de un rifle de muy pequeño calibre (22 cp), apuntó con toda frialdad y efectuó un único disparo, alcanzando en el corazón al prelado, que se desplomó junto al altar. Acto seguido, el tirador dijo en voz baja al conductor: "En marcha. Despacio. Tranquilo". La trágica imagen del arzobispo yacente, arrojando gran cantidad de sangre por la boca, ocupaba al día siguiente las portadas de la prensa mundial.
Pero este tipo de muerte resulta aún más notable teniendo en cuenta la trayectoria previa de la víctima, caracterizada por un fuerte elemento de contradicción. Tres años antes, en 1977, al ser designado para encabezar aquella archidiócesis, su nombramiento fue recibido con júbilo y visible satisfacción por la oligarquía dominante, por los militares y por los partidos ultraderechistas representantes de esas fuerzas sociales. El hasta entonces obispo Romero era conocido por sus posiciones conservadoras, muy alejadas de las líneas reformistas del Concilio Vaticano II. Su ejecutoria, a lo largo de su carrera eclesiástica en décadas anteriores, había resultado muy tranquilizadora para la clase dominante y le había originado serias tensiones con el clero vinculado a la Teología de la Liberación y, muy particularmente, con aquel núcleo progresista formado por los jesuitas españoles de la UCA, que a su vez serían asesinados nueve años después por su línea de compromiso cristiano y social.
Sin embargo, contradiciendo aquella trayectoria precedente, los tres últimos años de la vida del prelado, ya arzobispo (1977-1980), iban a significar un cambio espectacular, que nadie, ni la oligarquía, ni el Ejército, ni sus subordinados eclesiásticos, ni probablemente él mismo, hubieran podido previamente imaginar. Solo tres semanas después de su elevación al arzobispado, ocurrió un suceso trágico y desequilibrante, que vino a alterar su anterior posición. Su amigo personal, el padre Rutilio Grande, párroco de Aguilares, era asesinado por uno de los llamados Escuadrones de la Muerte. La comprometida línea de aquel sacerdote en favor de los más pobres le hacía vivir bajo continua amenaza de muerte, hasta que la amenaza se cumplió. Aquel asesinato conmovió profundamente al recién nombrado arzobispo, que inició el gran giro que le llevaría al choque con los poderes fácticos salvadoreños, conocidos, desde siempre, por su capacidad letal.
A partir de entonces, la línea del arzobispo Romero, en su defensa cada vez más firme de los extensos sectores desfavorecidos de aquella sociedad, le fue enfrentando con creciente intensidad a los designios de quienes realmente detentaban el poder. El punto culminante, la gota que desbordó el vaso criminal, se produjo la víspera de su muerte, en su homilía del domingo día 23 de marzo de 1980 en la catedral metropolitana. Pronunciándose frente a la brutal represión desplegada contra las manifestaciones de protesta producidas en los días inmediatamente anteriores, monseñor Romero instó a los soldados a desobedecer las órdenes de disparar contra el pueblo. Y, a continuación, pronunció su celebre frase: "Os ruego, os suplico, os ordeno, en nombre de Dios, que cese la represión". Fue su sentencia de muerte. A la mañana siguiente caía bajo la bala asesina.
Las investigaciones realizadas por la Comisión de la Verdad de Naciones Unidas permitieron conocer con precisión la forma en que el crimen se gestó y ejecutó. En él desempeñó el protagonismo máximo un destacado militar ultraderechista, de escasa graduación pero de irresistibles ambiciones políticas: el mayor Roberto D'Aubuisson, quien, en uno de esos inauditos sarcasmos propios de sociedades como aquella, llegó a presidir pocos años después nada menos que el Parlamento de El Salvador.
Tal como precisó la citada Comisión de la ONU en su informe final (Nueva York, 15 de marzo de 1993), el mayor D'Aubuisson ordenó a los capitanes Álvaro Saravia y Eduardo Ávila que procediesen a la eliminación del arzobispo el día 24. En cumplimiento de tal encargo, ellos se ocuparon, junto con efectivos de su entorno escuadronero, de materializar todos los elementos necesarios: tirador, arma, vehículo, hora y lugar, punto de partida, selección del chófer y conducción del ejecutor al lugar del crimen. Fue precisamente el chófer del capitán Saravia el designado para desplazar hasta el lugar al tirador seleccionado, y quien lo llevó posteriormente a presencia del mismo capitán, a quien comunicó la ejecución del encargo. A su vez, fue este oficial quien comunicó al mayor D'Aubuisson el cumplimiento de "la misión". Hubo, sin embargo, un importante dato que no pudo ser averiguado por la comisión: la identidad del tirador, un sujeto de alta estatura y mediana edad, con barba, vestido de civil y desconocido para el conductor que lo transportó.
Hoy día, tres décadas después, el citado Saravia -perseguido en Estados Unidos, huido actualmente de la justicia en un país no revelado, y convertido en un pingajo humano por el envejecimiento, la mala vida y el abuso alcohólico- ha explicado minuciosamente todo lo ocurrido la víspera y el propio día del crimen. "¡Hacete cargo!" -en la literalidad del léxico local-, fue la orden telefónica que el capitán recibió del mayor D'Aubuisson. Aquel capitán Saravia que recibía y cumplía aquella orden, encargándose de la preparación y ejecución del asesinato del arzobispo, era un personaje descrito en estos términos por otro de los implicados: "Siempre llevaba dos pistolas: una en la cintura, la 45 Gold K, y otra en el tobillo, la 380". "Un psicópata", escueta definición de Saravia por uno de los fundadores del partido Arena, inicialmente surgido del escuadrón de la muerte dirigido en aquellos años por D'Aubuisson. Otro de sus colegas describe así a aquel Álvaro Chele Saravia de 1980: "Saravia estaba loco. Le decías que un dentista te jodió y al día siguiente el dentista estaba muerto". Todo ello concordante con los desquiciados parámetros de aquella sociedad salvadoreña envenenada por los odios del conflicto, en la que abundantes facinerosos civiles y militares de gatillo fácil estaban dispuestos a secuestrar y matar, y en la que el eslogan "Sea patriota, mate a un cura" gozaba de gran predicamento en aquella desalmada extrema derecha liderada por el mayor.
D'Aubuisson murió de cáncer en febrero de 1992, al mes siguiente del acuerdo de paz de Chapultepec. Pero en marzo de 1993, solo cinco días después de que la ONU hiciera público el informe de su Comisión de la Verdad (documentando, entre otros, los crímenes cometidos por numerosos militares), el presidente Alfredo Cristiani promulgó la amnistía general que tenía previamente anunciada para apaciguar al Ejército, muchos de cuyos miembros iban a aparecer en dicho informe -como así fue- implicados en algunos de los peores crímenes de la represión.
Lo cierto es que aquella amnistía mantiene, todavía hoy, a prácticamente todos los asesinos salvadoreños de aquellos años en una vergonzosa impunidad. En definitiva, el caso de El Salvador corresponde al modelo de lo que hoy llamamos "una transición sin justicia". Asesinatos como el de monseñor Romero siguen clamando, 30 años después, por la vigencia y aplicación -todavía no lograda- de ese carácter imprescriptible que les asigna la Justicia Universal.
*Prudencio García es investigador y consultor de la Fundación Acción Pro Derechos Humanos y ex miembro de la División de Derechos Humanos de ONUSAL (Misión de la ONU en El Salvador).
Así, no resulta extraño que pasara inadvertida en su momento una importante conmemoración: el 30º aniversario del vil asesinato de monseñor Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, máxima autoridad de la Iglesia católica en aquel país y prominente figura del catolicismo comprometido con las clases más humildes de América Latina. Posición extremadamente arriesgada en aquellos años de plomo, en que los grandes asesinos, secuestradores y torturadores latinoamericanos circulaban libremente y hacían de las suyas con la más repugnante impunidad.
En efecto, el 24 de marzo de 1980, en plena celebración de la misa que oficiaba en la pequeña capilla del hospital de la Divina Providencia, la muerte alcanzó a monseñor Romero de forma no precisamente inesperada, pues poco antes manifestó que se sabía mortalmente amenazado.
La escena real fue absolutamente gansteril, digna de la más depurada cultura mafiosa. Un coche se detuvo silenciosamente frente a la puerta abierta de la capilla. Desde la ventana trasera del vehículo, un individuo, armado de un rifle de muy pequeño calibre (22 cp), apuntó con toda frialdad y efectuó un único disparo, alcanzando en el corazón al prelado, que se desplomó junto al altar. Acto seguido, el tirador dijo en voz baja al conductor: "En marcha. Despacio. Tranquilo". La trágica imagen del arzobispo yacente, arrojando gran cantidad de sangre por la boca, ocupaba al día siguiente las portadas de la prensa mundial.
Pero este tipo de muerte resulta aún más notable teniendo en cuenta la trayectoria previa de la víctima, caracterizada por un fuerte elemento de contradicción. Tres años antes, en 1977, al ser designado para encabezar aquella archidiócesis, su nombramiento fue recibido con júbilo y visible satisfacción por la oligarquía dominante, por los militares y por los partidos ultraderechistas representantes de esas fuerzas sociales. El hasta entonces obispo Romero era conocido por sus posiciones conservadoras, muy alejadas de las líneas reformistas del Concilio Vaticano II. Su ejecutoria, a lo largo de su carrera eclesiástica en décadas anteriores, había resultado muy tranquilizadora para la clase dominante y le había originado serias tensiones con el clero vinculado a la Teología de la Liberación y, muy particularmente, con aquel núcleo progresista formado por los jesuitas españoles de la UCA, que a su vez serían asesinados nueve años después por su línea de compromiso cristiano y social.
Sin embargo, contradiciendo aquella trayectoria precedente, los tres últimos años de la vida del prelado, ya arzobispo (1977-1980), iban a significar un cambio espectacular, que nadie, ni la oligarquía, ni el Ejército, ni sus subordinados eclesiásticos, ni probablemente él mismo, hubieran podido previamente imaginar. Solo tres semanas después de su elevación al arzobispado, ocurrió un suceso trágico y desequilibrante, que vino a alterar su anterior posición. Su amigo personal, el padre Rutilio Grande, párroco de Aguilares, era asesinado por uno de los llamados Escuadrones de la Muerte. La comprometida línea de aquel sacerdote en favor de los más pobres le hacía vivir bajo continua amenaza de muerte, hasta que la amenaza se cumplió. Aquel asesinato conmovió profundamente al recién nombrado arzobispo, que inició el gran giro que le llevaría al choque con los poderes fácticos salvadoreños, conocidos, desde siempre, por su capacidad letal.
A partir de entonces, la línea del arzobispo Romero, en su defensa cada vez más firme de los extensos sectores desfavorecidos de aquella sociedad, le fue enfrentando con creciente intensidad a los designios de quienes realmente detentaban el poder. El punto culminante, la gota que desbordó el vaso criminal, se produjo la víspera de su muerte, en su homilía del domingo día 23 de marzo de 1980 en la catedral metropolitana. Pronunciándose frente a la brutal represión desplegada contra las manifestaciones de protesta producidas en los días inmediatamente anteriores, monseñor Romero instó a los soldados a desobedecer las órdenes de disparar contra el pueblo. Y, a continuación, pronunció su celebre frase: "Os ruego, os suplico, os ordeno, en nombre de Dios, que cese la represión". Fue su sentencia de muerte. A la mañana siguiente caía bajo la bala asesina.
Las investigaciones realizadas por la Comisión de la Verdad de Naciones Unidas permitieron conocer con precisión la forma en que el crimen se gestó y ejecutó. En él desempeñó el protagonismo máximo un destacado militar ultraderechista, de escasa graduación pero de irresistibles ambiciones políticas: el mayor Roberto D'Aubuisson, quien, en uno de esos inauditos sarcasmos propios de sociedades como aquella, llegó a presidir pocos años después nada menos que el Parlamento de El Salvador.
Tal como precisó la citada Comisión de la ONU en su informe final (Nueva York, 15 de marzo de 1993), el mayor D'Aubuisson ordenó a los capitanes Álvaro Saravia y Eduardo Ávila que procediesen a la eliminación del arzobispo el día 24. En cumplimiento de tal encargo, ellos se ocuparon, junto con efectivos de su entorno escuadronero, de materializar todos los elementos necesarios: tirador, arma, vehículo, hora y lugar, punto de partida, selección del chófer y conducción del ejecutor al lugar del crimen. Fue precisamente el chófer del capitán Saravia el designado para desplazar hasta el lugar al tirador seleccionado, y quien lo llevó posteriormente a presencia del mismo capitán, a quien comunicó la ejecución del encargo. A su vez, fue este oficial quien comunicó al mayor D'Aubuisson el cumplimiento de "la misión". Hubo, sin embargo, un importante dato que no pudo ser averiguado por la comisión: la identidad del tirador, un sujeto de alta estatura y mediana edad, con barba, vestido de civil y desconocido para el conductor que lo transportó.
Hoy día, tres décadas después, el citado Saravia -perseguido en Estados Unidos, huido actualmente de la justicia en un país no revelado, y convertido en un pingajo humano por el envejecimiento, la mala vida y el abuso alcohólico- ha explicado minuciosamente todo lo ocurrido la víspera y el propio día del crimen. "¡Hacete cargo!" -en la literalidad del léxico local-, fue la orden telefónica que el capitán recibió del mayor D'Aubuisson. Aquel capitán Saravia que recibía y cumplía aquella orden, encargándose de la preparación y ejecución del asesinato del arzobispo, era un personaje descrito en estos términos por otro de los implicados: "Siempre llevaba dos pistolas: una en la cintura, la 45 Gold K, y otra en el tobillo, la 380". "Un psicópata", escueta definición de Saravia por uno de los fundadores del partido Arena, inicialmente surgido del escuadrón de la muerte dirigido en aquellos años por D'Aubuisson. Otro de sus colegas describe así a aquel Álvaro Chele Saravia de 1980: "Saravia estaba loco. Le decías que un dentista te jodió y al día siguiente el dentista estaba muerto". Todo ello concordante con los desquiciados parámetros de aquella sociedad salvadoreña envenenada por los odios del conflicto, en la que abundantes facinerosos civiles y militares de gatillo fácil estaban dispuestos a secuestrar y matar, y en la que el eslogan "Sea patriota, mate a un cura" gozaba de gran predicamento en aquella desalmada extrema derecha liderada por el mayor.
D'Aubuisson murió de cáncer en febrero de 1992, al mes siguiente del acuerdo de paz de Chapultepec. Pero en marzo de 1993, solo cinco días después de que la ONU hiciera público el informe de su Comisión de la Verdad (documentando, entre otros, los crímenes cometidos por numerosos militares), el presidente Alfredo Cristiani promulgó la amnistía general que tenía previamente anunciada para apaciguar al Ejército, muchos de cuyos miembros iban a aparecer en dicho informe -como así fue- implicados en algunos de los peores crímenes de la represión.
Lo cierto es que aquella amnistía mantiene, todavía hoy, a prácticamente todos los asesinos salvadoreños de aquellos años en una vergonzosa impunidad. En definitiva, el caso de El Salvador corresponde al modelo de lo que hoy llamamos "una transición sin justicia". Asesinatos como el de monseñor Romero siguen clamando, 30 años después, por la vigencia y aplicación -todavía no lograda- de ese carácter imprescriptible que les asigna la Justicia Universal.
*Prudencio García es investigador y consultor de la Fundación Acción Pro Derechos Humanos y ex miembro de la División de Derechos Humanos de ONUSAL (Misión de la ONU en El Salvador).
Documental "Vientos de resistencia"
Work in progress
Esta historia que aquí introducimos forma parte de un proyecto documental en fase de desarrollo que estamos llamando Vientos de resistencia. El documental cuenta historias de resistencia cultural protagonizadas por la música de gaita colombiana y su ancestro indígena, el carrizo kankuamo; sones cargados de mística fuerza vital transformadora que están venciendo a la nada.
vientos de la tierra by los alegres kankuamo is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License. Permissions beyond the scope of this license may be available at zeltiadocus@gmail.com.
La persistencia kankuamo..
Hasta Atanquez, un pueblito arriba en la Sierra Nevada de Santa Marta, resguardo de la comunidad indígena kankuamo, llegamos buscando los orígenes de la gaita colombiana.
Toño Villasón es un indígena bajito y simpático que vive solo en una casita muy humilde, con las paredes llenas de fotos de lugares y carteles de festivales donde estuvo tocando su carrizo.
Toño es el último músico kankuamo que queda y conserva en su soplo y su canto el baile de chicote, música ancestral y mística de los indígenas kankuamo que viaja por los tiempos y le canta a la vida, la tierra, el sol, la noche, la naturaleza, la humanidad, el universo..
Chico, su amigo y compañero músico, tiene parkinson, la mano temblorosa ya no le deja tocar bien el carrizo. Toño y Chico nos hablaron con tristeza de como los jóvenes kankuamo van asimilando otras músicas más comerciales y populares como el ballenato y se está olvidando la música tradicional, a falta de una escuela donde enseñar esta música a las futuras generaciones. También nos cuentan del desprecio de algunos por su propia cultura, por lo indígena.
En Bogotá Daniel Mestre, uno de tantos jovenes kankuamo desplazados (tuvo que huír de Atanquez y adaptarse a vivir en Bogotá ante las amenazas de muerte recibidas), nos contó en una entrevista la triste historia de los kankuamo y su aniquilación física y cultural.
En medio de tanta injusticia e impunidad, muchos kankuamo siguen luchando y resistiendo como comunidad, como cultura. No deja de sonar en mis oídos el carrizo que Toño Villasón sopla con tenacidad para mantenerlo vivo, a contracorriente, a contratiempo...
Sólo se puede vivir de una manera y esa es luchando por estar vivo, y para eso hay que soñar. David contra Goliat, la vida es el intento tenaz de vivirla, como el soplo del carrizo de Toño... resistiendo a la muerte en vida de asimilar la propia impotencia como algo inquebrantable.
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Cronica de Alberto Salcedo Ramos: El árbitro que expulsó a Pelé
Alberto Salcedo Ramos*
Guillermo Velásquez, más conocido como El Chato, debe de ser el único árbitro de fútbol del mundo que registra en su hoja de vida por lo menos cinco jugadores noqueados.
Ni Alberto Castronovo, ni Eduardo Luján Manera, ni los otros futbolistas aporreados por él, se enteraron de que su verdugo, antes de ser árbitro profesional, había sido boxeador.
Velásquez sonríe mientras se mira los dos puños apretados. Luego los voltea para donde yo estoy, como para notificarme que en esos gruesos nudillos, pese a sus 69 años, todavía quedan restos de la potencia telúrica del pasado.
A continuación, aclara que él no se hizo respetar por la fuerza —pues no era invencible— sino porque tenía un temperamento sanguíneo que se incendiaba ante el mínimo intento de atropello y un amor propio que le impedía soportar humillaciones. Si tuviera que arbitrar otra vez, volvería a sancionar al saboteador y a castigar al tramposo. Y, sobre todo, no ofrecería la otra mejilla para que el patán le repitiera el golpe, ni pondría el otro ojo para que el cochino le lanzara un segundo escupitajo, ni amonestaría con una simple tarjeta al grosero que le mentara a la madre, sino que se vengaría en el acto de cada agresión.
El Chato estima que la compostura que se les exige a los árbitros es hipócrita y tiene más vínculos con la política que con la ley. Según él, un ser humano que recibe una patada en la yugular y en vez de aparentar cortesía tiene la oportunidad de desquitarse, resulta menos peligroso porque se libera de odios futuros.
“Yo no andaba por las canchas repartiendo coñazos”, explica, “pero cuando había que pegar, pegaba, porque después me iba a matar la angustia de no haber reaccionado como hombre cuando me provocaron. Cuando se tiene un carácter como el mío, responder a las agresiones es una necesidad”.
Le digo a Velásquez que cambiar la justicia por la venganza nos devolvería a la época de las cavernas y añado que si al árbitro le dan un pito y unas tarjetas, es justamente para que no tenga necesidad de utilizar un garrote.
“Así es”, admite El Chato, con una rapidez que me indica que no le estoy diciendo nada que él no haya pensado antes. “Pero fíjese usted que a los futbolistas les dan una pelota para que le peguen patadas y quieren pegarnos es a nosotros”.
Vuelvo a la carga con el argumento de que el día que se apruebe la Ley del Talión en las canchas, tendremos más sangre que goles. Y El Chato repite la misma frase de hace un momento: “Así es”. En seguida, con un movimiento resuelto de las manos, afirma que para evitar ese riesgo hay que pedirle a los futbolistas que reclamen en buenos términos y no con violencia.
—¿Y por qué no les pedimos a los árbitros que no les peguen a los jugadores?
—Bueno, ahí le voy a contestar lo mismo que le contesté a un periodista brasileño, el día que expulsé a Pelé: no es bonito responder a un golpe con otro golpe, pero todavía no he visto la parte del reglamento que diga que los árbitros tenemos que dejarnos pegar.
***
Guillermo Velásquez mostró su vocación de juez desde la adolescencia. Cuando sus padres discutían, lo buscaban a él para que decidiera quién tenía la razón. Cuando sus hermanos peleaban, sólo él lograba reconciliarlos. Muy pronto, su capacidad de discernimiento y su sentido de la justicia fueron célebres en la familia. Primos, tíos y otros parientes menos cercanos apelaban a él, porque confiaban en la ecuanimidad de sus sentencias.
Más tarde, cuando jugaba fútbol en el Colegio Deogracias Cardona, de su natal Pereira, no asistía con sus compañeros de equipo a la charla técnica de los entretiempos, sino que se iba con el árbitro a analizar el reglamento.
Cuando finalmente reemplazó el balón por el silbato, se liberó del destino gris que le esperaba como futbolista y recuperó el respeto que había conocido como consejero familiar. En ese momento descubrió que la satisfacción del que aplica la ley depende más del poder que ostenta que del bienestar que supuestamente le procura al prójimo. Si la cancha es el universo completo y los jugadores son todas las criaturas posibles, entonces el árbitro, que todo lo ve y todo lo juzga, encarna una autoridad más divina que humana, una presencia omnímoda que gobierna las acciones aunque no nos demos cuenta. Él y sólo él es capaz de detener la carrera del veloz atacante, con un simple movimiento de su mano. Él decide cuándo parar el partido y cuándo reanudarlo, y en ambos casos determina el punto exacto de la tierra en el que hombre y pelota se reencuentran. Ni el que es genio como Maradona ni el que es bravucón como Chilavert tienen licencia para tutearlo: deben dirigirse a él con una cierta reverencia caricaturesca —manos atrás y cabeza agachada— y además están obligados a acatarlo por los siglos de los siglos, aun cuando valide como gol una pelota que pasó a 15 metros del arco. Como a Dios, al árbitro habría que inventárselo si no existiera. Los jugadores lo necesitan para justificar sus pecados y para que él los ayude a ganar el cielo que ellos solos no alcanzarían jamás de los jamases.
Desde el principio, El Chato disfrutó esa sensación de importancia que, según él, les gusta a casi todos sus colegas aunque no lo reconozcan en público. Por eso ahora, mientras sorbe su café, levanta la voz para decirme que no es ningún delito, como afirman algunas personas, que el árbitro sea protagonista. “¿Cómo no va a ser protagonista el juez que condena al matón o que evita una desgracia?”, se pregunta, alzando aún más el tono y adoptando un cierto aire de orador. “Usted debe saber, como periodista, que el problema no es la fama sino la mala fama”.
Estamos sentados en la cafetería del Parque El Salitre. Nuestros vecinos, muchos de ellos jóvenes que no lo conocen, lo miran con insistencia, y él se regodea en su silla comprobando por enésima vez que no nació para pasar desapercibido.
Estimulado por la atención del público, Velásquez enumera sus méritos en voz alta: fue —me dice sin ruborizarse— el árbitro que les abrió las puertas internacionales a sus compañeros colombianos. Participó en la Copa Libertadores entre 1968 y 1982, pitó en cuatro Juegos Olímpicos y fue juez de línea en uno de los partidos más bellos que se hayan disputado jamás, el de Italia contra Alemania en el Mundial del 70.
Después observa que nunca se tomó un trago el día antes de un compromiso, que siempre se entrenó como si cada jornada fuera una final y que cuando se retiró, en diciembre de 1982, era el árbitro que había pitado el mayor número de partidos en los cuales ganaban los equipos chicos. “Y de visitantes”, añade.
“Lo mejor de todo”, dice ahora, “es que puedo jurar ante el país que nunca me torcí. Cuando me equivoqué, me equivoqué de verdad y no me hice el equivocado. Y no solamente por honesto, sino porque siempre me quise mucho a mí mismo. Mi orgullo no me permitía quedar como un chambón”.
Le pregunto si pegarle a los jugadores, como él lo hizo, fue un defecto o una virtud.
El Chato sonríe, me mira con malicia por encima de su pocillo. Calla.
—Ay, hermano, dejemos eso quieto. No me haga enfermar.
—Por su sonrisa, parece que no se arrepiente.
—Mire: yo no me siento feliz de haber tenido un genio como el que tuve. El temperamento me traicionaba y ese fue mi único error.
Después de unos segundos de silencio, en los que parece apenado, encuentra un argumento que le devuelve la seguridad. “¿Sabe una cosa?”, me dice, con el rostro iluminado. “Ser peleador me sirvió para conservar la pureza. Cuando uno quiere imponer siempre su autoridad, ya sea a las buenas o a las malas, no puede darse el lujo de tener rabo de paja”.
Llegado a este punto, El Chato estima pertinente un par de aclaraciones: cuando le pegó a un jugador fue porque, indefectiblemente, éste le había pegado a él primero. Y en todo caso, aquellas fueron calenturas pasajeras que nunca traspasaron los linderos del estadio. Eso sí: insiste en que para no quedar rumiando odios, era absolutamente necesario que le atizara un porrazo al agresor.
Desde 1957, año de su debut en el torneo profesional, aparecieron los problemas. Alberto Castronovo, jugador del Atlético Nacional, aprovechó un embrollo para darle a Velásquez una patada alevosa en la canilla. Velásquez se retorció en el suelo, durante varios minutos. Cuando se repuso del golpe actuó como si no supiera quién le había pegado. De pronto, en un tiro de esquina, vio, nítida, la oportunidad de desquitarse. Calculó que, por el momento, los espectadores estarían pendientes del jugador que iba a cobrar y se colocó en el área, al lado de Castronovo. A continuación, lo conectó con un derechazo en la barbilla. Castronovo rodó por el pasto pero se levantó en seguida, furioso, y se lió a golpes con el árbitro, en medio de la sorpresa del público. Entonces, varios agentes de la policía entraron en acción, dispuestos a retirar al jugador por la fuerza. “No, señores”, les dijo El Chato, autoritario. “¡Háganme el favor y dejan al caballero en la cancha, que no está expulsado!”.
—¡Pero cómo que no está expulsado, si vimos cómo le pegó a usted!
—¿Y no vieron cómo le pegué yo a él? Si se va Castronovo, me voy yo también. Pero como donde manda árbitro no manda policía, he dispuesto que ni se va él, ni me voy yo.
El Chato guiña un ojo y advierte que la justicia depende más del sentido común de quien la aplica que de simples leyes escritas en un papel. Para ilustrar su teoría, recuerda la vez que Miguel Ángel Converti, atacante de Millonarios, recibió un pase de espaldas al arco, en un clásico contra el Santa Fe. Desde antes de que Converti tomara la pelota, Velásquez había sancionado fuera de lugar. Pero el jugador, que al parecer no escuchó el silbato, llevó el lance hasta sus últimas consecuencias: durmió el balón con el pecho, lo hizo rebotar sobre su muslo izquierdo y luego se suspendió en el aire —cabeza hacia abajo y pies hacia arriba— en una chilena espléndida. El proyectil se clavó en un ángulo imposible de la portería y Converti corrió como loco hacia el banderín de córner, mirando hacia el cielo y zafándose de los compañeros que querían abrazarlo, como si pensara que su virtuosismo lo alejaba de los atletas y lo acercaba a los dioses.
“Si yo hubiera sabido que Converti iba a concluir esa jugada como la concluyó”, dice Velásquez, “no habría pitado el fuera de lugar. Fue la única vez que quise hacerme el equivocado en una cancha y créame que lamento mi acierto como si fuera un error. Es lo que le vengo diciendo: según las normas, yo actué bien, pero no fue justo que yo le robara semejante joya al público. Donde yo valide ese gol, hasta los hinchas del Santa Fe se ponen contentos”.
Le pido a Velásquez que me haga el inventario de los futbolistas a los cuales golpeó y me responde, aparentemente apenado, que “eso no vale la pena”.
—¿Por qué?
—Hombre, porque no fueron tantos. Pero ya que insiste en este punto, diga que una vez le hinché el ojo a Orlando Herrera, del Tolima, porque se propasó conmigo en un reclamo. ¿Y sabe qué pasó en el partido siguiente que me tocó arbitrarle en Ibagué? Que el tipo fue a buscarme a mi camerino y me llevó abrazado hasta la mitad de la cancha. ¿No le parece bonito? Si no me reconocieran sentido de la justicia, no me perdonarían. Yo habré sido brutal, pero soy más humano que muchos de los que se creen mansas palomas, porque pegué puños pero no maté a nadie con el pito.
***
El Chato, que no cesa de ufanarse de su ecuanimidad, señala que si hoy fuera otra vez el miércoles 17 de julio de 1968, volvería a expulsar a Pelé.
Ese día, El Santos de Brasil, considerado el mejor equipo del mundo, enfrentaba en un partido amistoso a la selección Colombia que participaría en los Juegos Olímpicos de México.
Muy temprano, Velásquez validó un gol de Colombia en aparente fuera de lugar. Los brasileños se pusieron histéricos y cercaron al árbitro. Uno de ellos, de apellido Lima, fue expulsado. Como se negaba a abandonar la cancha, fue sacado por la Policía. Cuando iba por la pista atlética se les soltó a los agentes, se devolvió al terreno de juego y le asestó una patada a Velásquez. Éste le respondió con un leñazo en el estómago, que generó un amago de gresca.
El partido continuó con muchas tensiones hasta el minuto 35 del primer tiempo, cuando Pelé vio la tarjeta roja por reclamar, de mala manera, un supuesto penal en su contra. En principio lució desconcertado, pero no tardó en aceptar el fallo. Entonces emprendió el retiro de la cancha con un gesto irónico y desafiante, como un monarca que se mofara de la orden de destierro impuesta por su vasallo. “Ese tipo está loco”, repetía Pelé, una y otra vez, ante el cronista de El Espectador que lo esperó en la pista atlética.
En ese momento, los jugadores del Santos rodearon al árbitro. “De 28 personas que tenía la delegación brasileña”, recuerda El Chato, “me agredieron 25. Los únicos que no me pegaron fueron el médico, el periodista y Pelé”.
Velásquez se sintió empequeñecido, arruinado, cuando los 60 mil espectadores del estadio El Campín comenzaron a maldecirlo a gritos y a pedir el regreso de Pelé. Después, cuando los directivos de la Federación Colombiana de Fútbol decidieron que volviera el futbolista y se fuera el árbitro —un hecho único en los anales del deporte— se acordó del refrán según el cual la justicia en nuestro país “es para los de ruana” y hasta agradeció que a Pelé no se le hubiera ocurrido asaltar un banco, “porque con seguridad aquí todavía lo estuviéramos aplaudiendo”.
Adolorido más por la humillación pública que por los golpes recibidos, El Chato demandó penalmente a la delegación brasileña. Lo hizo por recomendación de Lisandro Martínez Zúñiga, magistrado de la Corte Suprema de Justicia, que esa misma noche lo visitó en el camerino para ofrecerle sus servicios como abogado.
Los jugadores de El Santos permanecieron en Colombia casi dos días más de lo previsto, retenidos en una comisaría, y al final tuvieron que pagarle a Velásquez 18 mil pesos y ofrecerle excusas por escrito, para poder viajar a su país.
Años después, ya retirado del fútbol, Velásquez buscó la manera de encontrarse con Pelé. Entendía, como siempre, que más allá de las leyes escritas necesitaba un acercamiento humano para quedar en paz y salvo con su conciencia. El rey lo atendió en Miami y hasta lo invitó a almorzar.
Ahora le pregunto a El Chato qué habría sucedido si Pelé le hubiera pegado cuando él lo expulsó, y me pide, muy serio, que por favor no le haga una pregunta tan perversa. “Mire que me voy es a enfermar”, añade.
—Es sólo una suposición, no más que una suposición.
—Bueno, en ese caso, permítame responderle con una pregunta. ¿Usted qué cree que hubiera pasado?
*Alberto Salcedo Ramos (n. Barranquilla, Atlántico; 21 de mayo de 1963), cronista colombiano incluido en diversas antologías nacionales e internacionales de periodismo.
Es considerado uno de los mejores periodistas narrativos latinoamericanos y forma parte del grupo Nuevos Cronistas de Indias. Varios de los temas que ha abordado están relacionados con la cultura popular.
*Alberto Salcedo Ramos (n. Barranquilla, Atlántico; 21 de mayo de 1963), cronista colombiano incluido en diversas antologías nacionales e internacionales de periodismo.
Es considerado uno de los mejores periodistas narrativos latinoamericanos y forma parte del grupo Nuevos Cronistas de Indias. Varios de los temas que ha abordado están relacionados con la cultura popular.
Martina Camargo por Claudia Mejia

Martina Camargo es una de las cantaoras más reconocidas y de mayor trayectoria del Caribe colombiano, heredera de una rica tradición musical.
Las cantaoras son mujeres mayores que se han nutrido, desde la infancia, de la cultura musical propia de sus regiones gracias a la transmisión oral . La voz de Martina, como la de muchas otras mujeres, es un aporte valioso en la conservación y transformación de dichas culturas.
San Martín de Loba, tierra que vio nacer a Martina, ha sido su escenario natural. Allí fue descubierta, y expuesta al mundo en varias producciones discográficas, entre ellas,“Alé Kumá”, junto a un colectivo de cantaoras de las Costas Atlántica y Pacífica colombianas, y “Martina Camargo Aires de San Martín”, con repertorios recopilados o compuestos por su padre Cayetano Camargo, destacado músico y profundo conocedor de la tradición lobana, que sembró en ella el amor por la tierra y por el canto.
Su pueblo natal está ubicado en el sur del departamento de Bolívar, y junto con Hatillo de Loba y Barranco Loba conforman la denominada isla de Mompós, demarcada por el brazo de Loba del río Magdalena y el brazo de Mompós.
En esta región tuvieron encuentro las culturas indígenas =Chimila y Malibú= con las negras procedentes de África que llegaron como esclavos, dando como resultado una práctica de música y danza denominada “baile cantao”, cuya mayor expresión es “La Tambora”. En San Martín de Loba (esta) tradición se ha mantenido gracias a la unión entre Novena de Navidad y las Tamboras Decembrinas, que del 16 al 24 de diciembre acompaña las novenas y las misas de gallo de las diferentes “cuadras” que las organizan. De la misma manera, la Tambora está presente en la noche de guardar Santo, donde la gente se reúne para celebrar la fiesta venidera.
En la Tambora se interpretan diferentes ritmos, entre ellos la Tambora Golpiá o Tambora-tambora; la Tambora Alegre también denominada Tambora Corrida; la Tambora Paseo y la Tambora Redoblá. Voz femenina líder, coros, palmas, tambor currrulao y tambora es el formato tradicional de dicha expresión musical. En el aire de bullerengue se prescinde de la tambora, pero se integran las semillas, el llamador y el alegre.
La voz de Martina viaja, inunda los espacios y logra dar a conocer la realidad de pueblos olvidados. Es ahí donde radica su valor, su fuerza y su capacidad de trascender.
Algunas de las canciones que han cobrado vida en su voz son: Una Canción en el Magdalena, cumbia sentá con textos de Nicolás Guillén y música de Leonardo Gómez; Las Olas de la Mar, tambora golpiá de su padre Cayetano; Volá Pajarito, guacherna tradicional con versos adicionales de su padre; Calabazo, berroche tradicional del Brazo de Loba.
Textos consultados:
•“Tambora de Loba Música Tradicional Momposina” por Guillermo Carbó Ronderos en Escritos Musicales.
•“Cantaoras del Caribe Colombiano” artículo de Rafael Bassi Labarrera, publicado en el Heraldo de Barranquilla, Colombia.
•Voces de Alé Kumá. Mi papá me dijo una vez: "Martina, nunca dejes de cantar" artículo de David Lara Ramos, publicado en el Universal, junio 8 de 2003, Cartagena, Colombia.
•Texto de presentación del disco “Alé Kuma Cantaoras”, por Freddy Henríquez y Leonardo Gómez.
TRADUCCIÓN AL FRANCÉS
Martina Camargo est une des “Cantaoras” (Chanteuses traditionnelles) les plus reconnues sur la côte caraïbe colombienne. Elle est héritière d'une riche tradition musicale.
Les “Cantaoras” sont des femmes mûres qui, depuis l'enfance, se sont imprégnées de la culture musicale de leurs régions grâce à la transmission orale. La voix des “Cantaoras” joue un rôle très important dans la conservation et la transformation de leurs cultures.
San Martin de Loba, le village natal de Martina Camargo, a toujours été sa scène naturelle. C'est là qu'elle a été découverte et que sa voix s'est ouverte au monde grâce à quelques productions discographiques parmi lesquelles nous pouvons citer “Alé Kumà”, avec un collectif de “Cantaoras” de la côte atlantique et pacifique et, “Martina Camargo, Aires de San Martin”, disque qui offre un large répertoire de compositions et de reprises de son père, Cayetano Camargo, musicien exemplaire et grand connaisseur de la tradition Lobana qui a transmis à Martina l'amour pour la terre et le chant.
Le village natal de Martina est situé au sud du département de Bolivar (Colombie). Avec Hatillo de Loba et Barranco de Loba, San Martin de Loba fait partie de L'île de Mompos. Celle-ci est délimitée par la bifurcation du fleuve Magdalena (bras de Loba et bras de Mompos).
Dans cette région, les cultures indigènes Chimila et Malibu se sont rencontrées avec celles provenant d'Afrique soumises à l'esclavage. Cette rencontre a fait naître une nouvelle pratique musicale et de danse appelée “Baile Cantao” (danse chantée) dont l'expression par excellence est “La Tambora”. A San Martin de Loba, cette tradition perdure en raison de l'union entre les fêtes religieuses chrétiennes, neuf jours avant la naissance de Jésus, et les “Tamboras” de décembre qui ont lieu entre le 16 et le 24 et qui accompagent les messes du Coq dans chaque rue du village. “La Tambora” est aussi présente pendant “la nuit de veille du Saint” où les gens se réunissent afin de célébrer une fête à venir.
“La Tambora” comprend plusieurs rythmes parmi lequelles nous pouvons apprécier “La Tambora golpià”, “La Tambora Alegre ou Tambora Corrida”, “la Tambora Paseo et “la Tambora redoblà”. La voix féminine, les choeurs, les claquements de mains, le tambour Currulao et la Tambora sont les instruments traditionnels de cette expression musicale.
La voix de Martina Camargo voyage, arpente les espaces et réuissit à faire connaître la réalité de villages oubliés. Ce sont donc ses qualités musicales et culturelles qui lui donnent beaucoup de valeur, de force et la capacité à être transcendente.
Voici quelques chansons qui ont été connues grâce à sa voix: Una Canción en el Magdalena, Une Chanson dans le fleuve Magdalena, Cumbia sentá avec les paroles de Nicolás Guillén et la musique de Leonardo Gómez; Las Olas de la Mar, Les Vagues de la Mer, Tambora Golpiá de son père Cayetano; Volá Pajarito, Envol-toi petit oiseau, Guacherna traditionnelle avec des vers de son père; Calabazo, Calebasse, Berroche traditionnel du Bras de Loba.
Textes étudiés:
•“Tambora de Loba, Música Tradicional Momposina”, Guillermo Carbó Ronderos, écrits musicaux.
•“Cantaoras del Caribe Colombiano” article de Rafael Bassi Labarrera, publié Dans le Heraldo de Barranquilla, Colombie.
•Voces de Alé Kumá. Mi papá me dijo una vez: "Martina, nunca dejes de cantar" article de David Lara Ramos, publié dans le Universal, le 8 juin 2003, Cartagena, Colombie.
•Texte de présentation du disque “Alé Kuma Cantaoras”, Freddy Henríquez et Leonardo Gómez.
Texte traduit par Santiago Torres, 2009.
Hector Mondragon “Las multinacionales y el conflicto colombiano”
Presenta Arcadi Oliveres de Justicia i Pau.
Escuche a Héctor Mondragón, Economista asesor de Convergencia Campesina, Negra e Indígena de Colombia e investigador. En el 2000 Fue elegido de Oak Fellowship por el Colby College de Maine. Es autor de los libros "Ciclo, Crisis y Reactivación Económica en Colombia", "Oro Negro para las Tres Grandes" y coautor de "Desarrollo y Equidad con campesinos", "Colonización y Estrategias de Desarrollo" y "Paro y Política".
Etiquetas:
Colombia,
Hector Mondragon,
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